
El estreno de Prometeo me vino bien para regresar a cierto terror que ya tenía allá lejos en el tiempo.
Lo primero que me vino a la cabeza fue vincularlo con el terror que marcó mi infancia. Creo que puedo definirlo con tres soportes fundamentales: La Cosa de John Carpenter, Tiburón de Steven Spielberg y como tercera, Alien de Ridley Scott. Sin fijarme en detalles en ese tiempo, hoy puedo encontrar algunas características que las vinculan.

Una de ellas es la utilización del fuera de campo, el terror en todas ellas es algo latente, desaparecido para potenciar el temor. En Tiburón tan solo hace falta recordar esa excelente combinación musical que acompañaba la cámara devoradora desde el fondo del océano para transformarlo en un reflejo de muerte y terror (un camino ya delineado por el maestro Hitchock). Logró crearme suficiente temor como para dudar antes de entrar a una pileta (aunque es claro, difícil encontrar un tiburón en aguas tan clorificadas). Alien amplio esa preocupación, esta vez, el fuera de campo no se limitaba al agua, esa criatura devastadora podía estar aguardando en el techo, en una galería, en una ventilación, una maquina de matar que podía camuflarse entre cañería silbante o la oscuridad misma. Ahora no solo el temor sucedía en el mar o una pileta. También el cielo raso era el lugar desde donde podía descender el miedo, todavía recuerdo que cada aventura nocturna al baño, a la cocina, estaba acompañada por una mirada al techo. Maldita sugestión irracional (como todo miedo digno de sentirse). En el caso de La Cosa se logra el absoluto, transformándose en metafísico, el fuera de campo es total. Porque ese monstruo (al igual que en La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos) esta oculto en el rostro de un conocido, de un ser querido. El que quiere destruir esta detrás de una mirada, hondo dentro del ser humano. ¿Cómo identificar a ese monstruo?

La otra característica que encuentro en común entre aquellas películas tan queridas es la ubicación espacial. Los tres ponían al ser humano en una situación de claustrofobia que hacía imposible la evasión. No había margen para correr. El tener que enfrentar ese miedo, verlo a la cara, es algo que solo los más duros pueden realizar. Y en ocasiones eso ni siquiera alcanzaba (ver al Capitán Quint, interpretado por Robert Shaw en Tiburón). El mar, el espacio, la Antártida ¿Adónde escapar? Comprendemos esa vulnerabilidad como la peor pesadilla, esa de querer correr y nada, pero nada de nada. Solo resta a sus héroes (y victimas) quedarse para hacer frente, y en casi todas las ocasiones, morir. Esta angustia fue otro factor que ayudó a que ese sufrimiento/placer fuera pura concentración, aumentando mi temor.

Por eso en este "regreso" de Scott con Prometeo esperaba algo de aquel miedo, al menos que lograra explotar eso que hizo marca con "En el espacio nadie puede oírte gritar". Pero no digo que sea culpa de Ridley, él hizo su película, una que se acerca quizás más a la ciencia ficción que al terror. Pero el film no solo no alcanza para cubrir mi nostalgia, tampoco logra ni de cerca la consistencia de esos films. Porque otra característica fundamental de aquellas era la solidez tanto narrativa como de personajes, entregando seres claros, definidos, y principalmente, un terror identificable. Prometeo es espacio de de ida y vuelta, digital, liberado. De personajes dispersos, tanto quiere cubrir que se olvida de contar una historia sencilla. Una pretensión que esas películas no tenían, eran B (aunque fueran de gran presupuesto), sin vergüenza, vacías en búsquedas trascendentales. Historias de personajes que quieren matar una cosa, sea un tiburón, un bicho baboso o una cosa que solo pueden llamar Cosa. Les alcanzaba con un lanzallamas o un tubo de oxígeno, y a la bolsa.
